Un pacto de silencio impuesto

Mercedes llevaba una vida estable. Tenía 19 años, empezaba su carrera universitaria, trabajaba medio tiempo y ganaba un sueldo bajo que sólo cubría sus viáticos y algunos gastos personales. Recibió formación religiosa en la escuela. Ella admite que era una “cuestión de fe” más que una adhesión total a la doctrina de la Iglesia. Una “necesidad del hombre para no sentirse tan solo en el mundo”.

Un embarazo no esperado derribó el castillo de naipes que Mercedes había construido con proyectos. Estaba asustada y no sabía cómo afrontar la situación. Su novio, tan preocupado como ella, no supo tranquilizarla y convencerla de que si se lo proponían podría ser una oportunidad de crecer para los dos.

Mecha no estaba preparada para este cambio trascendental en su vida y en sus planes a futuro. Por cierto, tampoco lo estaba su novio.

Mercedes habló con su madre, a mes y medio de embarazo, a la espera de contención y apoyo. Debía tomar una determinación y el paso del tiempo era su principal enemigo.

El aborto fue la decisión final, tras reiteradas peleas con quienes no comprendieron su aflicción. Optó por un tratamiento quirúrgico clandestino, en manos de un ginecólogo que prometía profesionalismo, seguridad y reserva a cambio de aproximadamente dos mil pesos, que le costó reunir.

Era una tarde gris en el barrio de Palermo. Se anunció como cualquier paciente y subió al tercer piso. El médico y su anestesista la esperaban en un consultorio disfrazado de quirófano. Contó hasta seis y se durmió. Al despertar, entre lágrimas pudo ver a su madre que la aguardaba de pie junto a la camilla. En un abrazo se fundieron las dos.

Más de cinco años pasaron y hoy Mercedes es una profesional a punto de formar una familia. Recuerda con angustia algunas imágenes grabadas en su memoria, pero asegura que el tiempo y la madurez curan todo dolor. Está convencida de que ese momento no era el oportuno para asumir tal responsabilidad.

Sólo su madre y su hermana la escucharon y contuvieron cuando más lo necesitó. Mercedes hubiera deseado que “su Dios” y quienes se declaran defensores de la familia y de la vida, hubiesen estado allí para acompañarla, en lugar de obligarla a mantener un pacto de ilegal silencio. Que hubiesen defendido su derecho a decidir sobre su cuerpo y su vida, en vez de culparla y demonizarla.

Débora Van Der Donckt – N.L.5

*NOTA PRINCIPAL
“Aborto: la libertad es poder decidir”
*NOTAS RELACIONADAS:
“El rock apoyó la causa”
“Una lucha que lleva más de medio siglo”
“Delito y pecado”

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