Las cenizas en Bariloche (parte 3): Un paseo por el campo marítimo

Uno de los riesgos de la arena volcánica es que su peso es mucho mayor que el de la nieve y las viviendas no están preparadas para ello, por ende su acumulación en los techos puede producir derrumbes y es un peligro mayor en las casas precarias. Sacar la ceniza de un techo de aproximadamente 100 metros cuadrados, cuesta 800 pesos.
En el camino a los kilómetros, el lago revuelto, la “arena” en la costa y los parques de las casas tapados de cenizas me hacen confundir nuevamente, pero, en este caso, con los paisajes marplatenses. El auto en el que nos trasladamos lo maneja Manuel, que va sereno, salvo cuando se queja de los otros conductores que van por el medio de la ruta donde esta acumulada la ceniza y la levantan. Él en cambio se cuida, en lo posible, de ir lo más separado que se pueda de ese montículo intermedio entre ambas manos. En el trayecto a nuestro destino final, Bahía López, cuenta que los perros se han desconcertado ante esta situación, que varios se han metido al agua y murieron ahogados a causa de no poder salir por la dificultas de nadar en la ceniza suspendida. El lago Nahuel Huapi tiene todas sus costas delineadas por un contorno grisáceo. Manuel me dice que si la ceniza “no jode mucho” vamos a ir a hacer una caminata; él comenta que le molestan los ojos y yo, para no quedarme atrás, me quejo de que a mi los oídos. Aunque dejando atrás el fastidio, pienso que el ruido del agua y el viento opacan esa molestia menor.
Al llegar expongo mi extrañeza frente a lo retirado que parecía estar el lago. Sin embargo al ir aproximándome, lo que pensé que era playa, se mueve, y unos niños parados en la “orilla” arrojan piedras en esa “arena” movediza que tiene una cuadra de largo. Es ceniza compacta, con consistencia de piedra pómez, la que está suspendida en el lago. Como en una regresión, me acerco a los chicos a tirar piedras al lago, y me entusiasmo con el hecho de que nunca me salieron tantos “sapitos” juntos. Antes de hundirse, la piedra queda suspendida sobre esa capa que envuelve al lago y de repente la chupa sin que podamos ver su descenso hacia el suelo. Manuel quiere ir a caminar, pero frente a mi entusiasmo por las piedras, me mira con resignación y me sigue la corriente. Creo que en su interior debe pensar que cada vez estoy más citadina.
El camino peatonal que parte de Bahía López conduce, luego de 30 minutos caminando en pendiente, a un mirador donde se puede ver, por un lado el lugar de partida pero desde arriba, y por el otro, lo que se denomina el “brazo tristeza” a raíz de que se puede ver un bosque quemado. Todo eso era lo que esperaba ver allá arriba, un poco más “triste” porque además de los cadáveres de árboles que dejó el fuego, todo estaría cubierto de ceniza. Sin embargo, el paisaje no aparece, y  me siento en una película de Londres un día de mucha neblina. Pero no es niebla, estamos dentro de una nube de ceniza. Miro al vacio y poco a poco puedo visualizar los contornos de las montañas y dirigir mi mirada al sol, que despliega un aura en medio de todo ese cielo gris. Y a pesar de mi ateísmo me pregunto ¿será así el fin del mundo?. Si es así, con esta paz, no puede ser tan malo.

Emiliana García 5 – L.K 5

Notas relacionadas:

Las cenizas en Bariloche (parte 1)

Las cenizas en Bariloche (parte 2)

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