Un Centro de Monitoreo visto desde adentro

Siempre esos ojos que miraban, vigilantes, en el trabajo o comiendo, en casa o en la calle, en el baño o en la habitación, en vigilia o en el sueño: no había privacidad posible”. George Orwell, 1984.

A menos de cien metros de la entrada al municipio- funcionando como mensaje de bienvenida y advertencia-  un cartel con la inscripción “Centro de Monitoreo. Municipalidad de Pilar” destaca la edificación blanca que supo ser, en otros tiempos, un centro de operaciones de una empresa que ofrecía “seguridad total” para los vecinos de la zona. Ahora quien se adueñó del edificio y la promesa es la intendencia, instalando allí la Subsecretaríade Prevención Ciudadana. Poco antes de ingresar en este año electoral, el intendente Humberto Zúccaro colocó cincuenta cámaras de seguridad en los espacios públicos donde circulan los pilarenses.

Dentro del edificio la recepcionista me anunció con el subdirector Eduardo Lago Negro, luego de invitarme a tomar asiento y un café.  Duró más la espera que mi estadía en su oficina. El supervisor de operaciones, Andrés González,  me esperaba apostado en la puerta de la sala para ser -por pedido de su jefe- mi guía del lugar. En pocos segundos me encontré caminando detrás de él.

Por el pasillo contiguo a la oficina de Lago Negro, a la derecha, una puerta entornada me deja ver una mesa larga y antigua de madera, rodeada de jóvenes mujeres que no superan los 30 años. Una de ellas lava algunas tazas en una bacha en el extremo del ambiente, mientras las otras -todas sentadas- soplan el café para ayudar a enfriarlo. “Son los reemplazos”, me dice González.

Hicimos unos diez pasos y nos recibe, de frente y a lo alto, la imagen de un adolescente plasmada en un televisor de muchas pulgadas. Él se mueve de un lado para otro, pero la imagen no lo pierde. Sus manos están en los bolsillos laterales de un jean dos o tres talles más grande de lo que su pesaje demandaría. Zapatillas blancas, campera y gorra con visera que combinan. Como si el director hubiese pedido un primer plano, el bostezo del joven se apodera del televisor,  pudiendo ver hasta sus caries. Aunque el joven se aleje tres cuadras no se necesitará otra cámara para tomarlo. “El zoom tiene un alcance de350 metros”, aclaró el supervisor.

Debajo del televisor, se asoman por el respaldo de las sillas, las espaldas de nueve chicas que no pueden verse entre sí. Cada una se encuentra separada de la otra por unos paneles laterales que nacen de sus escritorios. Sus ojos no se despegan de los monitores mientras sus manos no paran de viajar por todo el teclado.  La pantalla toma la forma de una grilla, dividida en seis partes, donde cada una de ellas refleja la imagen tomada por una de las cincuenta cámaras. Los flujos donde se agolpa la gente son los puntos preferidos de las lentes: las estaciones de trenes, los colegios, la zona comercial y los boliches porque “este sistema está pensado para prevenir los delitos que surgen de la masa”, según explicó González.

Si alguna imagen lo merece tomará protagonismo y copará el televisor superior. “Las chicas reciben una capacitación previa para identificar cuáles pueden llegar a ser los hechos que se deben considerar importantes”, comentó el supervisor. Un joven con gorra, jeans anchos y merodeando sin ningún fin aparente, lo era.

Llegan los reemplazos a la sala. Las nueve chicas dejan sus asientos tras cuarenta minutos de no despegar la vista de los monitores. Ahora ellas “son los reemplazos”. Ocho horas al día siendo cuarenta minutos titulares y otros tanto suplentes. Tres grupos de 18 chicas cubren completamente cada jornada los 365 días al año.  “En este centro de monitoreo trabajamos más de sesenta personas”, calculó el supervisor mientras se sentó en su escritorio señalando con su mano otra silla para que yo lo siguiera. Encima del mueble y rodeado de papeles se asoma su nextel donde González sólo tiene grabado los números de los siete móviles del “servicio de apoyo policial” que recorren las zonas alcanzadas por las cámaras. En cada patrulla, un civil o policía retirado hace de chofer y un policía en servicio- haciendo adicionales- espera el llamado para recibir las coordenadas del supuesto ilícito. González dejó el aparato a mano, esperando que el chico con gorrita blanca avance con sus intenciones.

Por encima de la cabeza de González se asomaba un plano del Partido de Pilar agujereado por cincuenta alfileres, agrupados en siete conjuntos –correspondientes a las localidades que conforman el Partido- y diferenciados entre sí por los colores de las puntas de los prendedores. “Aquí se archivan todas las imágenes porque los fiscales ahora la usan como pruebas en los juicios”, se largó a comentar el supervisor mientras mi vista estaba puesta en mapa. “Este sistema es mucho más eficaz que los tradicionales porque la tecnología nos permite atacar a tiempo los delitos”, siguió interpretando mientras mi cabeza giraba para no perderme ninguna escena de la película del chico con gorrita blanca. ¿En qué zonas-pregunté-se registran mayores delitos? y ¿cuántos delitos-quise averiguar sin esperar la primera respuesta-se interceptan mensualmente con este sistema? “No llevamos esos registros”, aclaró en voz baja González.

La película que daban en la pantalla gigante estaba llegando a su fin. Nos paramos para no perdernos ningún detalle. Luego de merodear algunas horas por las mismas cuadras, el joven se detiene enfrente de un almacén y saca sus manos de los bolsillos. Se sostiene unos segundos en puntas de pie para ver más allá. Estira su brazo derecho. Un colectivo de la línea 510 se detiene y obstruye la perspectiva de la cámara. El colectivo arranca  y el joven desaparece. En unos minutos comenzará otra película, el protagonista será un chico con visera que vagabundea en algún barrio pilarense.

A.U-L.O 06

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