Un día con el hincha

La cita era a las 16.15 hs., pero Tomás me obligó prometerle que lo pasaría a buscar tres horas antes; pensé que era un dislate cuando el viaje nos llevaría menos de una, pero no podía más que aceptar su pedido. El juramento incluía puntualidad. Las pastas dominicales con la familia quedarían para otra ocasión.

Olvidé pactar por correo electrónico algún tipo de señal para reconocernos en el encuentro, un clásico de las citas a ciegas. Aunque no sería un problema mayor porque su vestimenta racinguista, calculé, me ayudaría. Minutos antes de la hora pautada, estacioné en la YPF de panamericana y San Lorenzo, a la altura de la localidad bonaerense de Martínez. Mis cálculos fallaron: de un micro de alguna línea de colectivo en desuso bajaron más de cincuenta chicos, jóvenes y adultos sin otro color a la vista que el celeste y blanco. Pero no desesperé. Preguntando no sólo se llega a Roma, sino también a Tomás.

“Sigamos a ese micro”, me dijo Tomás como si estuviésemos en una persecución hollywoodense. Había que seguir las cábalas porque no era una jornada más, era el clásico y Tomás siempre llega al estadio con el micro y su gente; este vez no podía ser la excepción. El velocímetro nunca superó los ochenta kilómetros por hora, ahí empecé a entender que las tres horas de antelación no era un despropósito como había creído.

Tomamos General Paz y luego Lugones. Al pasar por aeroparque Tomás me comenta que es aeromozo en Aerolíneas Argentinas desde hace varios años, “intercambiando vuelos de cabotaje con internacionales”. Es unos de los impedimentos más grandes para ir a ver a su Racing porque pasa mucho tiempo fuera del Buenos Aires. Ahí las cábalas se rompen, pero a medias. “Cuando me voy del país siempre llevo un par de camisetas de la academia y se las pongo a gente que voy reclutando, sea en un bar si lo pasan por cable o en el hotel si lo veo en la computadora. Los hago actuar como si fueran mis amigos de la cancha”.

Cruzamos el puente Pueyrredón, frontera entra capital y provincia y símbolo de cortes y homicidios políticos. En la AM dicen que por una cuestión de puntería horas antes del partido, cerca del puente,  no hubo que lamentar otro asesinato- deportivo, en este caso-. Un hincha de Independiente le disparó a otro de Racing mientras comía un asado con los amigos; el tiro le dio en la nalga. El periodista hizo el chiste fácil -sí, al aire- que no se me había ocurrido: “se salvó de culo”.

Bajamos por la avenida Belgrano y le pedí permiso a Tomás para desviarme del camino del micro, “voy a buscar estacionamiento”, le dije, aunque sabía que no era lo que él prefería. Su mirada no se despegaba del la ventanilla del auto, como si fuera un nene que estaba entrando en una juguetería. Tiraba frases al aire, inconclusas y sin ninguna ligazón entre sí: “mirá la gente como…”, “esos colores son tan…”, “…piel de pollo, de ‘gallina’ nunca”. Pero hay una expresión que llegué a escuchar claramente: “hoy los cogemos”.

Bajamos del auto y caminamos por Colón. La gente había ganado las calles porque las veredas rebalsaban. En estas jornadas las normas impuestas se rompen con un consenso unánime: se estaciona donde está prohibido, se cruza la calle sin importar el color encendido del semáforo, se improvisan mingitorios y cestos de basura y las carnes en las parrillas callejeras no responden a las normas de salubridad. Es una atmósfera diferente a la medianía diaria, toda una parafernalia donde se juega a ser otro en otro tiempo, en ningún tiempo.

Nos detuvimos en el cruce con Italia. Un carro de chapa azul  hace de local de venta de ropa deportiva, con las mismas camisetas que se encuentran en un shopping, y al mismo precio, pero lleno de compradores fogoneados por el contexto. Tomás estiró su cuello dentro del carro pero sacó su cabeza con cierta desilusión porque ya las tenía a todas. Me comentó que su trabajo más duro había sido, precisamente, cuando vendía ropa en un shopping porque “trabajaba los sábados y domingos”, días futboleros por excelencia. Un día se cansaron de tantas mentiras y lo despidieron. “La gota que rebalsó el vaso fue cuando le pedí a un médico amigo de la familia que me enyesara un brazo. Fue el año que salimos campeones con Merlo y jugábamos en Rosario un día de semana. Llegué temprano al local y les dije que me había caído de una moto, que tenía el brazo quebrado y que tenía que hacer reposo”, me contó pegándole al relato una estrofa que luego repetirá dentro de la cancha: “no me importa lo que digan, lo que digan los demás, yo te sigo a todas partes…”. El problema fue que Tomás llegó a los dos días al trabajo sin el yeso y sin una coartada creíble.

Faltaba más de una hora para que empiece el partido pero Tomás me pidió que apuremos el paso. Unas chicas nos detuvieron invitándonos a que nos pintemos la cara con bastones de los colores del cielo. “Estamos apurados, perdón”, les dijo Tomás, mientras yo confirmaba la hora en mi celular. Caminé unos pasos detrás de él pero llegué a entenderle que esas chicas le hicieron recordar a su infancia, porque a los doce años tiñó en las paredes de su pieza “unas franjas celestes intercaladas en el blanco recién pintado por los decoradores” sin pedirle permiso a sus padres. “Además se enojaron porque compartía el cuarto con mi hermana”, me contó entre risas y coreando “brillará blanca y celeste, la academia Racing Club”.

Llegamos finalmente al estadio y nos pusimos en la fila de acceso donde más gente había. A esa altura no pregunté el porqué, supuse que estaba mediando algún tipo de superstición. La gente saltaba en su lugar o se paraba en puntas de pie para ver el comienzo de la hilera, ansiosa por entrar como si sólo tuviese asegurado el ingreso una vez sobrepasado los molinetes. Los policías palparon las cinturas de algunos hinchas mientras otros beneficiados zafaron del manoseo. Yo no tuve suerte en el sorteo; Tomás, sí.  Lo perdí por unos segundos, lo vi subiendo los escalones, al trote y al grito de “hoy te vinimos a ver, de la cabeza tomando vino…”.

Una vez adentro me señaló un lugar específico de la popular, “parate acá”, me dijo Tomás algo más tranquilo cuando pudo ubicarse en el “lugar de siempre”. Ahí entendí el apuro de sus pasos. Intercambiamos algunas palabras para hacer más amena la espera, pero cuando la voz del estadio comenzó a relatar la formación del equipo, colocó su dedo índice derecho sobre sus labios -como el cuadro de la enfermera que pide silencio- para que me callara, como si mi mutismo tuviera influencia en un lugar con cincuenta mil personas cantando y saltando. “Con la diez, Gio Moreno”, sonó en los parlantes, y en ese preciso momento, Tomás se convirtió en una adolescente que grita en la puerta del hotel por algún cantante centroamericano. “El torneo pasado en la cancha de All Boys me metí en la platea local porque no conseguí entradas para la tribuna de Racing. Me senté al lado de un tipo que lo puteó a Gio todo el partido. Apenas terminó le mostré el tatuaje de Racing que tengo en el brazo y le dije ‘vos nunca vas a tener un jugador como este’, y me fui corriendo. Casi me matan”, me dijo siguiendo el relato con un “Olé olé, olé, olé, Gio, Gio”.

Una bandera que recubría la mitad de las tribunas del estadio, nos hizo de cobertizo, tapándonos la visión de lo que estaba pasando en el césped. Tomás estiró sus manos moviendo coreográficamente el trapo de un lado para el otro. Los globos que los hinchas soltaron minutos antes, se toparon con la bandera y vieron cercenado su viaje al cielo. Pude ver por primera vez los dientes de Tomás. Era feliz. “Hoy tenés que se ser mi cábala”, me presionó. Le prometí que si Racing ganaba lo iba a acompañar siempre. Me estaba metiendo en un problema, pensé, al recordar todos los vericuetos que hicimos antes de entrar al estadio. Más aún cuando me contó que cuando Racing le gana la promoción a Belgrano de Córdoba, en el 2008, terminó llegando a su casa casi desnudo “porque había prometido tirar toda la ropa a la fosa que bordea la cancha”. Y lo cumplió. “La promoción, la promoción, se va a la puta que lo parió…”.

Casi dos horas más tarde, acaparados por un silencio que dañaba los oídos, subimos al auto, de regreso. Tomás sintonizó alguna FM del dial, al azar, creo. Sólo música. “Racing mereció ganar, el empate fue injusto”, le dije intentando subirle el ánimo. Al no contestarme pensé que esa iba a ser la última vez que Tomás iba a permitir mi compañía en un evento como este. Envuelto en su superstición, llegué a tener un poco de culpa por el resultado. Antes de bajar le agradecí por todo y le pregunté cuando era el próximo partido. “En quince días, contra San Martín, en San Juan”, me respondió. Seguramente iba a arreglar con algún compañero de Aerolíneas para que justo ese domingo su destino sea la provincia cuyana.  Se bajó del auto, sin saludarme, pero balbuceando, cada vez con un tono más alto “siempre estuvimos en las malas, las buenas ya van a venir, porque a Racing lo hace grande su gente y vos no existís…”.

A.U/L.O 06

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