Pablo Llonto: “Para que haya memoria hay que moverse”

Es domingo por la tarde y muchas chicas aprovechan el puente peatonal que cruza Figueroa Alcorta a la altura de Plaza Francia para sacarse fotos con la avenida de fondo. Pablo Llonto aparece entre los autos, llega y pide perdón antes de saludarnos. Habíamos arreglado el encuentro para el jueves, en su casa en Barracas y sigue disculpándose: “tuve una semana muy movida”. Como tenía que llevar a Violeta, su hija, al Museo de Bellas Artes, nos encontramos en una confitería justo a la vuelta, frente a la Facultad de Derecho, para hablar de una justicia que tardó un poco más de treinta años en llegar. Nos llama para ubicarnos, y lo reconocemos enseguida, las canas le invaden la cabeza. Lleva un tapado negro de poliéster y una remera verde inglés, prendas de ninguna marca e imposibles de combinar entre sí. Antes de poder hacerle la primera pregunta, un periodista gordito, casi calvo si no fuera por unos pelitos colorados, le empieza a pedir el teléfono para “una causa, capaz lo necesitamos”. Pide un cortado en jarrito antes de empezar a hablar de su rol como abogado de la querella en el juicio que condenó a Luis Abelardo Patti a prisión perpetua. Se toma su tiempo para comerse los dos scones que le traen con el café y empieza a responder la primera pregunta.

– ¿Cómo llegaste a representar a las familias que fueron querellantes en el juicio?

– Me llamó por teléfono Juana, una de las hijas de Diego Muñiz Barreto (diputado justicialista secuestrado por Patti en 1977). Nos juntamos en enero de 2007 en la pizzería Banchero de Corrientes y Talcahuano. Yo no tengo estudio jurídico, así que atiendo en los bares (risas). Arrancamos en esa pizzería, me trajo la carpeta con los datos de su papá, ellos ya habían trabajado el tema, porque cuando se hizo la movida en Cámara de Diputados para pedir el desafuero de Patti algo habían trabajado y ya se conocían con Gastón y Manuel, hijos de Gastón Goncalvez (militante de la Juventud Peronista asesinado por Patti en 1976) . Cuando tomé la causa, Juana le puso mucha energía al tema, íbamos a Escobar bastante seguido, a buscar compañeros de militancia de aquella época que nos ayudaron a encontrar testigos, pero no pudimos dar con la carnicería de donde secuestraron al papá de Juana, fuimos a unos diez lugares donde había habido carnicerías. La única pista que teníamos era que quedaba a pocas cuadras de la comisaría. Esa vez vencimos el prejuicio que teníamos sobre Escobar, uno iba y, ¡uh!, pero nos dimos cuenta de que de diez personas que entrevistábamos, nueve querían ayudar y así empezó el laburo con Juana, íbamos en el auto de ella, recorriendo Escobar y Garín. La primera búsqueda fue la carnicería y el carnicero.

– ¿Cuáles fueron las pruebas que pudieron reunir y presentar en la causa?

– Fueron testigos, en este caso declararon más de sesenta. Pero hubo una prueba que fue muy simbólica: la Nunciatura (embajada del Vaticano en el país) había elaborado una ficha con el pedido de paradero de Muñiz Barreto. La madre de sus hijos, Teresa Escalante, era vecina de la Nunciatura, donde le toman el reclamo por su ex marido, que ya le había dado el nombre de Luis Patti como su secuestrador, por medio de un papelito que le hizo llegar mientras estuvo detenido. Cuando treinta años después, su hija Juana pide ese documento al nuncio acceden a entregárselo, algo bastante atípico, y que ayuda a desestimar las versiones de los sectores afines a Patti que sostenían que el juicio consistía en una movida política del kirchnerismo. Luis Patti figuraba en esa ficha cuando no era nadie y tenía algo más de veinte años.

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– ¿Recordás algún testimonio durante el juicio que te haya conmovido?

– Uno se va relacionando con estas familias, va participando de sus tristezas, de sus alegrías. Era un juicio bastante particular porque se ponían sobre la mesa más cuestiones que las judiciales. Estaban declarando amigos, compañeros, no eran algunos familiares más. Uno se conmovía porque sabía lo que había significado para ellos ponerse a investigar.

– ¿Por qué pensás que Patti pudo concretar un proyecto político, a diferencia de otros represores?

– Patti no ha sido el único, hubo muchísimos, como Bussi, que aprovecharon la democracia para ocupar cargos políticos. Tiene que ver con una sociedad que por mucho tiempo, y creo que hoy en día sigue ocurriendo en algunos sectores, no termina de relacionar el voto a un genocida con su vida cotidiana. Y en esto tienen mucho que ver los medios de comunicación, que nunca fueron lo suficientemente claros con lo que representan Bussi o Patti. Eso tiene mucho que ver con la vida de la gente. Hay una parte de la sociedad que le interesa conocer la historia, pero no es la mayoría. Si preguntás por algunos personajes, acá en este bar, por ejemplo, es poco lo que se sabe. Pero puede que aun conociéndolos, los votan igual, porque desconocen lo que representa un personaje de estas características en la construcción de la democracia. Piensan que ya sucedió, que lo hizo pero ya está, que pasó mucho tiempo. Pero ese mucho tiempo es nada para la historia de un país y es necesario que se juzgue a quienes cometieron el genocidio, el “Nunca Más” va a llegar cuando la Justicia juzgue y condene a quien corresponde.

¿Notaste algún cambio en la gente de Escobar?

– Si comparas la década de los ´90 con esta época, sí. He tenido que ir a Escobar como periodista, en la época en que Patti era intendente, a quien entrevisté, he asistido a conferencias de prensa. Hay una cantidad importante de jóvenes que tiene mucho más claro lo que pasó, la tragedia política que existió, que conoce los secuestros de militantes políticos del lugar. Pero tengo claro que no es masivo, tuvimos que ir a buscar testigos, no había un furor porque Patti fuera preso. Me parece que es una sociedad en crecimiento con este tema, como tantas otras. Hay un fuerte desconocimiento, por eso echo la culpa a los medios, a nosotros nos parece que se cuenta, pero no lo cuentan de una manera popular, la televisión se ha ocupado muy poco de esto, de contarle al resto del pueblo quienes son, que hicieron, donde están los responsables del genocidio.

– ¿Qué políticas desde el municipio de Escobar podrían generar conciencia?

– En todos los municipios deberían darse políticas activas de memoria. Pero nosotros por ejemplo necesitábamos probar en Escobar que el desembarco de los milicos con la policía había empezado el mismo día del golpe y eso estaba asentado en los archivos de la municipalidad, que nos brindó los datos. Hay que ir a buscar las cosas y romper las bolas. Lo que trato es que la iniciativa sea de los que son del lugar, no del porteño que va y te dice lo que hay que hacer. Me encantaría que en los lugares donde hay placas que indican que una obra fue hecha por un genocida, se coloque otra placa al lado, realizada por esa comunidad, contando quien fue, pero puede resultar una idea irrespetuosa para quien es del lugar. Exijamos para que esta memoria sea suficiente como para recordar quienes fueron los policías y los civiles que ayudaron y colaboraron con la dictadura. Es cuestión de exigir, reclamar y moverse.

Antes de que su hija Violeta vuelva y luego de apagar el grabador, Llonto intercambia los roles e inquiere por los candidatos a la intendencia en Escobar. Le interesa saber si el sabbatellismo llegó al piso o si el PAUFE, el partido fundado por Patti, presenta un candidato propio. “¿La Cámpora no tiene mucho laburo ahí, no?”, pregunta. Y se preocupa por la falta de dirigentes jóvenes en el país, que “puedan borrar de un brochazo toda la mierda que todavía queda”.

Aldo Vietri \ 3

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